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La existencia de los mercados tradicionales determina el carácter humano que todavía le queda a nuestra ciudad. De la misma forma que la proliferación compulsiva del coche y el auge de los hipermercados van de la mano del urbanismo que sembró la periferia de adosados, y el mundo de fría impersonalidad.

 

Somos ese tipo de comercio que las grandes superficies pretenden remedar, creando espacios escénicos que ambicionan recrear las áreas donde el consumidor ha adquirido toda la vida sus productos alimenticios; pero lo que olvidan es que con la tramoya no se reproduce la esencia vital del comercio de cercanía. Eso ni lo dan campañas de marketing, ni reproducciones teatralizadas de un mercado de abastos. Pues el alma de todo ello está en los propios comerciantes. Son ellos, y su experiencia, los que conocen que el tratar bien al cliente es la forma de fidelizar; no lo han aprendido en un curso de formación, lo han mamado durante años, y esto queda en la genética del tendero.

Mercado de Chamartín

 

 

Cuando compra producto fresco en nuestro mercado está confiando en la persona que vende el artículo, al que se le puede pedir que valore la calidad y del que recibirá una respuesta sincera, incluso una información añadida sobre ciertos aspectos de la mercancía que adquiere o de cómo prepararla. Pruebe a interrogar a una bandeja de poliexpan, donde puedes observar qué existe en la primera fila, pero no hay ninguna promesa de qué se esconde tras lo más vistoso. En nuestros puestos se vende lo que se muestra.

 

Los comerciantes de Mercado de Chamartín, como ocurre en otros mercados, somos un equipo de profesionales, con una dilatada experiencia, que conocemos nuestra profesión, que tenemos un conocimiento personalizado, y no estadístico de la clientela.

 

Comercio con alma

 

Además, dadas nuestras dimensiones podemos organizar mejor la oferta y la atención a sus necesidades, lo que nos permite asegurar la frescura de los productos y reducir al mínimo el desperdicio de alimentos, ese mal endémico de las sociedades modernas, pues en nuestros comercios puede comprar más de lo que necesita y menos artículos-capricho, innecesarios o no previstos. Si solo necesita un filete se llevará el mejor filete, pero sin la obligatoriedad de adquirir una bandeja con media ternera, que acabarán pasados los días, camino del vertedero.

 

Los alimentos que usted compra se lo ponen a su disposición “personas”, a las que podrá comentar, criticar, alabar el estado, sus propiedades, formas de cocinado…; intercambio de información en las que a menudo participarán más personas. En definitiva, en el mercado se establecen relaciones humanas.

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