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Sopas de ajo, sopa básica, primaria, sencilla, reconfortante, económica, rápida, nutritiva, sabrosa, que constituye, sin duda alguna, uno de los emblemas patrios, y son, con certeza, más pretéritas que la paella, la fabada, el ‘pan con tumaca’, el gazpacho o el cocido madrileño.

 

Las Sopas de ajo son un emblema de la España rural desde los albores de nuestra historia, y parece que aún le queda vida, largo recorrido para adentrase en la modernidad a base de deconstrucciones, esferificaciones y de más “ciones”. Incluso el chef Manolo de la Osa, en restaurante Las Rejas de Las Pedroñeras, cuna del ajo morado, las servía en frío en una elegante copa de cóctel.

 

Y es que es tal la humildad de este plato que no le pone mala cara a cualquier versión, ni le hace ascos al recorrido de ingredientes que se le quiera adicionar. Es lo que tienen las recetas de aprovechamiento, para ellas no existen reglas rígidas sobre lo que debe o no llevar, se saben igual de reconfortantes desde su simpleza originaria (a base de aceite, ajo, agua, sal y pan duro) que con añadidos: huevos, si se le pone jamón u otras chacinas, o si se sustituyen por unos trozos de bacalao y se cocina con caldo de pescado, o si añadimos un poco de cebolla al sofrito y la servimos con algo de queso rallado por encima. Cierto que perdería su identidad original, pero se sabe plato mudable, y en ello quizás éste su permanencia en la historia de las cocinas.

 

Sopa castellana

 

Ha sido un almuerzo muy frecuente en la antigüedad en muchos sitios de España. Se desayunaba con un café bebido al alba y un par de horas después, para mantener las fuerzas, se tomaban las sopas de ajo, generalmente con uno o dos huevos dentro, que se cocinaban con el calor de la sopa.

 

En ciertos lugares de España eran típicas de la Cuaresma. un plato adecuado a las costumbres religiosas, al no incluir carne, y su textura y composición recuerda mucho a la estética y sobriedad de estas fechas. Se toma muy a menudo, casi durante cualquier hora del día, durante la Semana Santa. A veces como desayuno tras las procesiones nocturnas.

Y es que es un reconstituyente tras noches de actividad, pues es de fácil digestión, actuando al mismo tiempo como emoliente y neutralizante de la mucosa estomacal irritada por los abusos.

 

Queda dicho que las variantes de las sopas de ajo son múltiples, pero en esencia esta puede ser su versión más clásica…

 

Sopa castellana

 

Ingredientes:

  • 0.5 de Pan del día anterios
  • 300 g de jamón serrano en taquitos
  • Ajos, al gusto del consumidor, pero no menos de 6 dientes
  • 3 cc de pimentón dulce
  • 1.5 l de caldo de verduras (o agua)
  • 60 ml de Aceite de oliva virgen extra
  • 2 huevos
  • Sal

 

Ponemos a calentar el caldo.

 

Cortamos el pan en rebanadas finas y las tostamos sin aceite en una sartén antiadherente.

Las reservamos cerca del calor.

 

Aparte, en una olla honda, freímos los ajos pelados y cortados en láminas con el aceite de oliva.

 

A continuación, añadimos los tacos de jamón.

 

Agregamos el pimentón (con cuidado de que no se queme) e, inmediatamente después, el caldo caliente o agua.

 

Hervimos todo unos 5 minutos y añadimos el pan tostado.

 

Cocinamos a fuego bajo hasta que el pan se ablande.

 

Incorporamos, ya fuera del fuego los huevos, dejándolos caer en la sopa en forma de hilillo, sin parar de mover con una cuchara de madera para que se distribuya bien por toda la sopa.

 

Probamos y sazonamos al gusto.

 

Servimos muy caliente en cuencos o en platos hondos.

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